Entre Sierrarando y El Cuerno
Si alguien me hubiera visto al salir del pueblo y me hubiera preguntado: ¿A dónde vas?, yo no le hubiera contestado: Me voy al Cuerno. Primero porque hubiera quedado un poco fea la respuesta y segundo, porque ni yo misma sabía que iba a subir a ese monte ese día.
Yo pensaba subir a Sierrarando, montecico que tengo pendiente desde hace unas semanas, desde el día que vi el acceso desde Sierra Gorda; pero entre que no suelo llevar prismáticos y ni siquiera llevo las gafas cuando voy al monte, no vi que al inicio de la subida había una valla, (¿quién lo diría?) Y como quiera que ayer no tenía yo el ánimo trasgresor, por más vueltas que di (y di muchas), no encontré una forma lícita de llegar a la cumbre. Otra vez será, seguro. Así que después del rescate de la tortuga, me fui a subir al Cuerno, un modesto montecillo rodeado de olivares y círculos mágicos de encinas jóvenes. El Cuerno me confirmó lo que yo sabía desde hace mucho tiempo: que no hay montes pequeños.
Apr 8, 2012
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